martes, 17 de julio de 2012

ESTAD QUIETOS


Salmos 46:10: ESTAD QUIETOS, y conoced que yo soy Dios;
Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra.

Este pasaje nos da una clara vicion de que hacer, tanto cuando nos ocurre algo que no nos agrada, o no entendemos, como tambien una sabia posicion permanente delante del señor.
 
El deber de estar tranquilos delante de Dios, bajo las mercedes de su providencia. implica que debemos mantener quietud de palabras, sujetándonos de hablar o de quejarnos contra los designios de la Providencia;

No oscureciendo la razón con palabras de ignorancia, ni empleando el lenguaje pomposo de la vanidad.

Debemos mantener quietud en nuestras acciones y en nuestra conducta, de modo que no contrariemos a Dios en sus designios.

En lo tocante a la disposición interior de nuestros corazones, hemos de cultivar la calma y una serena sumisión de espíritu a la soberana voluntad de Dios, cualquiera que esta sea.
Podemos tener en cuenta el fundamento de este deber, esto es, la divinidad de Dios.

El hecho de ser Dios es razón de sobra para que debamos estar quietos delante de

Él, sin murmurar en lo más mínimo, sin objetar, sin oposición, sino tranquilamente y con humildad sometiéndonos a Él.
¿Cómo hemos de cumplir este deber de estar quietos delante de Dios? Sencillamente con un sentido de su divinidad, comprendiendo que el fundamento de ese deber es el conocimiento de que Él es Dios.

Nuestra sumisión es la que corresponde a seres racionales. Dios no requiere que nos sometamos a Él a contrapelo de lo razonable, sino como viendo la razón y el fundamento de hacerlo así.

De ahí que, la mera realización de que Dios es Dios puede ser suficiente para acallar toda objeción y oposición a sus divinos y soberanos designios.

Todo esto puede verse considerando lo siguiente:

1. Por cuanto Él es Dios, es un ser absoluta e infinitamente perfecto, siendo imposible que pudiera incurrir en error o maldad. Y como es eterno y no debe su existencia a ningún otro, no puede en medida alguna tener limitaciones en su ser ni en ninguno de sus atributos. Si algo tiene límites en su naturaleza, debe haber alguna causa o razón por la que esos límites están allí. De lo cual se deduce que toda cosa limitada debe tener alguna causa.

Por lo tanto, aquello que no tenga causa tiene que ser ilimitado. Las obras de Dios demuestran con toda evidencia que su sabiduría y su poder son infinitos, pues quien hizo todas las cosas de la nada, que las sustenta, gobierna y maneja en todo momento y en todas las edades, sin cansarse, tiene que poseer un poder infinito.

Tiene asimismo que ser infinito en el conocimiento; porque si Él hizo todas las cosas, y sin cesar las sustenta y gobierna todas, se sigue que él, continuamente y de una sola mirada, ve y conoce a la perfección todas las cosas, así las grandes como las pequeñas.

Lo cual no es posible sin un conocimiento infinito. Siendo, pues, infinito en conocimiento y poder, Dios tiene que ser también perfectamente santo. La falta de santidad supone siempre defecto y pobreza de visión.

Dios, siendo infinito en poder y conocimiento, tiene que ser totalmente autosuficiente.

Es por lo tanto imposible que Él pueda caer en cualquier tentación o cometer alguna falta. No hay motivo por el cual pueda incurrir en nada semejante.

Entonces, ¿cómo podría un Ser todopoderoso —que no necesita de nada— ser tentado a hacer algo malo por fines egoístas?

Es, pues, imposible que Dios, que es esencialmente santo, pudiera en ningún sentido incurrir en el mal.

Por el hecho de ser Dios, Él es tan grande que está infinitamente más allá de toda
comprensión.

Por tanto, es irrazonable de nuestra parte pretender juzgar sus decisiones, ya que las mismas son misteriosas. Si fuera un ser al cual nosotros pudiéramos comprender, no sería Dios.

Sería irrazonable suponer nada más allá del hecho de que hay muchas cosas en la naturaleza de Dios, así como en sus obras y gobierno, que son para nosotros un misterio que jamás podremos discernir.

¿Qué somos y qué idea tenemos de nosotros mismos si esperamos que Dios y sus

designios puedan estar al nivel de nuestro entendimiento?

Somos infinitamente incapaces de tal cosa como comprender a Dios.


Si pudiéramos tener sentido de la distancia que existe entre Dios y nosotros, entenderíamos lo razonable de la interrogación del apóstol Pablo en Romanos 9.20: “...oh, hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios?”

Si creemos encontrarle faltas al gobierno de Dios, estamos virtualmente suponiéndonos capaces de ser sus consejeros; cuando en realidad más bien nos convendría, con gran humildad y adoración, clamar con el apóstol

(Ro 11.33ss): “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios, e insondables sus caminos! Porque ¿quién penetró en el pensamiento del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos de los siglos”.


por Jonathan Edwards





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