viernes, 23 de agosto de 2013

LA NATURALEZA DE LA ORACION


Dijo también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como que eran justos y menospreciaban a los demás: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; y el otro publicano. El fariseo, de pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias que no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano. Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo., Pero el publicano, de pie a cierta distancia, no quería ni alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "Dios, sé propicio a mí, que soy pecador. Os digo que éste descendió a casa justificado en lugar del primero. Porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. (Lucas 18:9-14)

 Nuestro estudio, que se encuentra en el capítulo dieciocho de Lucas, sigue al pasaje de la parábola de la viuda importuna.

 En esa parábola nuestro Señor no se anda con rodeos acerca de la necesidad de la oración, sino que lo expresa sin ambages: es preciso que los hombres o bien oren o desmayen, no hay ninguna otra opción. Si estamos orando, no desfalleceremos y si desfallecemos, por mucho que nos esforcemos en pensar de otro modo, no estamos orando, porque el Señor lo expresa basándose en el concepto de la opción, o lo hacemos o de lo contrario ya sabemos lo que pasa.

 

La pregunta que todos debemos hacernos con sinceridad es: ¿Me siento desfallecer? ¿Me estoy quedando sordo? ¿Me resulta la vida deprimente, sin brillo y frívola, todo superfluo y sin profundidad? ¿Me siento aburrido, sin desafíos que afrentar o derrotado? Si así es como nos sentimos, significa que no estamos orando, pero usted dirá: estoy orando, oro treinta minutos cada mañana y diez minutos cada noche y además soy uno de los pocos que acude fielmente todos los miércoles por la noche a las reuniones de oración, pero a pesar de ello la vida no me resulta satisfactoria, no estoy realmente viviendo. O tal vez se encuentre usted entre aquellos que tenemos que agachar la cabeza cuando se menciona el tema de la oración y tenemos que confesar sinceramente que hay poco lugar para la oración en nuestra vida. Nos cuesta trabajo orar, nos resulta fácil olvidarnos y encontrar otra cosa que hacer.

 

Al llegar a este punto me resultaría fácil sermonearle, llevando a cabo una campaña cuyo propósito sería el conseguir que la oración ocupe un lugar mas preponderante en su vida. Me imagino que podría cargar las tintas, basándome en las Escrituras, y caer sobre usted sin misericordia, desde mi punto ventajoso, muy por encima de toda crítica, dejándole a usted agonizante y sumido en la más dolorosa convicción. Tal vez algunos de ustedes se marchen dispuestos a realizar un mayor esfuerzo por dedicar un lugar mas importante a la oración en su vida y si lo hiciesen, estoy segurisimo de que no pasaría mucho tiempo antes de que fuesen ustedes consciente, como es posible que ya lo sean, de que esa no es la respuesta, que no ha cambiado nada en realidad. Por lo tanto, el dedicar mas tiempo a la oración no es necesariamente la solución.

 

¿Es posible que nuestro Señor esté equivocado al respecto (como algunos de nosotros posiblemente estemos pensando subconscientemente) al decir que debemos o de orar o desfallecer? ¿Es realmente tan importante? ¿Acaso no estamos orando y a pesar de ello desfallecemos? El problema no consiste en que necesitemos mas de la misma clase de oración a la que estabamos acostumbrados. Si nuestra vida resulta aburrida y monótona no se trata de que nos busquemos en nuestro atareado horario mas tiempo para la oración. Pero lo que sí necesitamos con desesperación es descubrir la verdadera naturaleza de la oración, porque la auténtica oración no es algo difícil, sino que es algo natural, instintivo que brota con facilidad. Jesús dice que esta clase de oración es la clave del poder y la gloria de Dios.

 

El realiza enormes esfuerzos por aclarar en la parábola anterior que Dios no es como el juez injusto, acerca de la cual habla. Dios no demora la respuesta a la oración ni va a dejar de cumplir su palabra ni se hace el sordo. No necesita que le convenzamos ejerciendo presión sobre él, como si estuviésemos organizando una huelga delante de su trono, pero la verdadera oración es, sin embargo, el único canal de que dispone el hombre para llegar al afán de Dios por ayudarnos y bendecirnos. Por lo tanto, Jesús pasa directamente de esta discusión a la necesidad de la oración, en la parábola de la viuda importuna, a la parábola del fariseo y el publicano, mediante la cual enseña acerca de la naturaleza de la auténtica oración debiendo estudiarse juntas estas dos parábolas.

 

Podríamos llamar a esta parábola La Parábola de los Dos Oradores porque comienza con estas palabras: "Dos hombres subieron al templo a orar. El propósito de que nuestro Señor relate esta parábola no es explicar lo que es la propia justicia, aunque no cabe duda que forma parte del relato, sino que sigue con el tema de la oración y nos está diciendo en qué consiste la verdadera oración. Es más, la estructura de esta parábola, como en el caso de la otra, es una de contrastes. Nuestro Señor está enseñando la verdad comparándola y colocándola junto al error, y al ser conscientes del error podemos, por contraste, entender y comprender la verdad.

 

En esta breve parábola el fariseo era un hombre de oración, que oraba con frecuencia y meticulosamente, sin jamás pasarla por alto. Era fiel en la oración, pero su oración era completamente equivocada.

 

Al contemplar este retrato, captemos las lecciones que Jesús quiere darnos.

 

Contemplando al fariseo queda claro lo que no es la oración y nos damos cuenta de que hay una manera de orar que no es realmente orar. Este hombre asume la postura indicada para la oración. Jesús dijo que se puso en pie, con los brazos extendidos y los ojos elevados al cielo. ¡Entre los judíos, esta era la postura ordenada para orar. ¡Pero, dice Jesús, oraba consigo mismo de esta manera! ¡Qué perspicacia tan aguda! No estaba orando a Dios, ¡estaba orando a sí mismo! No había nadie al otro lado del teléfono. En otras palabras, esa oración era una completa pérdida de tiempo. Tal vez estaba haciendo lo que algunos escritores modernos nos animan a hacer, diciendo que esa es la verdadera naturaleza de la oración, es decir, comunicarse con el hombre interior. ¡No hay duda que no estaba llegando más arriba! No estaba relacionandose con Dios, ese es un punto que nuestro Señor deja perfectamente claro.

 

Pero ¿qué es esta enseñanza negativa acerca de la oración?

 

Para empezar, está claro que no estamos orando cuando nos acercamos a Dios impresionados por nuestras propias virtudes. Este hombre se puso en pie y oró diciendo:

 

Dios, te doy gracias que no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.... (Lucas 18:11)

 

No cabe duda de que se sentía positivamente impresionado por lo que consideraba que era su derecho para atraer la atención de Dios, sintiendo que había que agradecerle a Dios que hubiese creado a semejante extraordinario espécimen de humanidad y si nadie estaba dispuesto a hacerlo, él mismo se encargaría de ello. ¡Qué hombre tan extraordinario no quede sin reconocimiento sobre la faz de la tierra! Puede que nos riamos al escuchar su oración, pero ¿no reflejamos inconscientemente la misma postura?

 

Durante una serie de años he hecho de escuchar a los cristianos orar, incluyéndome a mi mismo, en una distracción personal. Con frecuencia resulta una experiencia de lo más humorística y en ocasiones de lo mas lamentable. ¿Acaso no oramos con frecuencia de la siguiente manera: "Señor, no me echarías una mano para que pueda realizar esta tarea? Lo que queremos decir con estas palabras es "contribuiré con mi habilidad para organizar, mi habilidad para ejercitar el liderazgo, mis talentos a la hora de cantar o de hablar y luego tú, Señor, ¿quieres obrar la magia necesaria del poder del Espíritu, para que tú y yo juntos podamos obtener un gran éxito? En otras palabras, al orar aplicamos la filosofía "yo haré lo mejor que pueda y dejaré que Dios se ocupe del resto. No es que le excluyamos a él y digamos "yo lo puedo hacer todo pero sí decimos "Señor, tengo una parte que contribuir, que tú necesitas con desesperación, y estoy dispuesto a hacer mi parte en esta empresa si tú te encargas del resto. Tú debes de hacer algo, pero yo también tengo que hacer algo.

 

Quiero hacer notar al lector que la mayoría de las oraciones hechas por los creyentes las hacen sobre esta base. Algunas veces la virtud que planeamos contribuir al programa de Dios es la de la humildad. Entre los cristianos existe una clase de fariseismo inverso, que se expresa de un modo parecido a este: "gracias a Dios que no soy tan orgulloso como lo es el fariseo como si fuésemos absolutamente detestables, adoptando la postura totalmente contraria, balbuceando acerca de nuestras faltas y nuestros pecados. Decimos: "Señor, soy un extorsionista, soy injusto y además un adultero, cometo fornicación dos veces a la semana, lo admito. No me engaño a mi mismo, soy lo suficientemente honesto como para admitir que soy un sinvergüenza. Con esas palabras pretendemos impresionar a Dios con nuestra honestidad y humildad, pero por desgracia, esta forma pía de fariseismo se encuentra con frecuencia entre la comunidad cristiana, tal vez no hasta ese grado, pero si de la misma clase.

 

Pero la verdad pura y sencilla es que no poseemos virtudes propias, ni mucho menos y no tenemos absolutamente nada que contribuir a la causa de Dios. Estamos orando cuando estamos en la bancarrota, si es que somos sinceros con nosotros mismos, olvidando que esos mismos talentos con los que nos identificamos, esas habilidades para el liderazgo, para hablar o para cantar, no son otra cosa que dones que nos ha concedido Dios.

 

¿No resulta extraño la facilidad con que nos identificamos con nuestras virtudes y negamos la menor identificación con nuestras faltas? Culpamos a todo el mundo de nuestros fracasos, pero cuando se trata de éxito entonces nos merecemos todo el mérito.

 

Pero son tantas las cosas que olvidamos. Nos olvidamos de la gracia de Dios, que actúa como escudo y que nos ha salvado de algunas de las espantosas cosas en las que otros han caído y por las cuales les miramos por encima del hombro. Nos olvidamos de que el motivo por el que no nos hallamos en el lugar de ese pobre desgraciado, que es culpable de cosas tan malvadas y repugnantes, es sencillamente debido a que nunca hemos estado expuestos a ellas. ¿Estamos realmente seguros de que nosotros no hubiésemos caído también, de haber estado en el lugar de esa persona? De hecho, nos olvidamos de algunas cosas que están presentes en nuestras vidas, como puedan ser nuestras sutiles manipulaciones o nuestros deliberados engaños, nuestras falsas simpatías y nuestros dudosos arreglos en los negocios. ¡Con cuánto cuidado recordamos nuestros valores y virtudes, nuestras buenas cualidades!

 

¿Cómo nos las arreglamos para tener tan buena opinión de nosotros mismos? Al igual que lo hizo este fariseo, miramos, desde nuestra postura, hacia abajo. El fariseo estaba en pie y vio, por el rabillo del ojo, a aquel recaudador de contribuciones al otro lado y de inmediato hizo que se sintiese una persona virtuosa. "Señor, te doy gracias porque no soy así y no hago ninguna de esas cosas. Había adoptado una postura ventajosa, que le permitía mirar con desprecio a otra persona porque siempre es posible encontrar a alguien que está mas abajo, en la escala de la moral humana, de lo que estamos nosotros, ¡y que gran consuelo son esas personas para nuestro corazón! Por eso es por lo que nos encanta cotillear, si no ¿qué otra cosa podría explicar lo mucho que disfrutamos clavandole los dientes, por así decirlo, a la reputación de otra persona y pasándonoslo bien con los deliciosos chismes sobre una vida deteriorada? Es sencillamente porque hace que nos sintamos superiores, nos deleitamos en criticar a otras personas porque nos hace sentirnos mas virtuosos.

 

Esta es la terrible situación que nos presenta Jesús describiendo al fariseo. Dice que cuando oramos adoptando esa postura, cuando nos acercamos a Dios desde ese nivel, cosa que hacemos con mucha frecuencia, estamos orando con nosotros mismos. No existe una oración auténtica y nuestras piadosas palabras, nuestras frases perfectamente pronunciadas, nuestro enfoque totalmente contrario a las Escrituras y nada ortodoxo, no tiene el mas mínimo valor. Estamos orando obsesionados por nuestras propias virtudes.

 

Jesús nos dice además, cuando le pedimos a Dios ayuda en aquellas cosas que hemos logrado, que eso no es orar. El fariseo dijo que ayunaba dos veces a la semana, lo cual era el doble de lo que requería la Ley y además daba diezmos de todo lo que tenía, que también era mas de lo que exigía la Ley, pero el fariseo esperaba que Dios actuase porque estaba seguro de que no podría negarse a hacerlo en vista de sus antecedentes y el fiel servicio que le estaba mencionando.

 

¿Y acaso nosotros no oramos continuamente como si Dios nos debiese algo? Escúchese a sí mismo haciendo una oración:

 

"Señor, llevo diez años enseñando fielmente en la Escuela Dominical y seguro que ahora no te puedes negar a hacer algo por mi. "Señor, he estado intentando ser un buen padre (o madre) y he hecho lo mejor que he podido, así que ahora que mis hijos están pasando por esos difíciles años de la adolescencia no permitas que se aparten. "Señor, he renunciado a tanto por ti, así que ahora dame esta pequeña cosa que te pido.

 

Es evidente que todavía queda mucho fariseismo en nosotros, ¿no es cierto? "Pero alguien dirá, "¿acaso no dice Hebreos 6 que Dios no es injusto para olvidarse de nuestra obra de amor? Sí, es cierto, pero si nos acercamos a Dios defendiendo esa idea, hemos mal interpretado la naturaleza de la oración y no hemos entendido cuál es la clave del poder de Dios.

 

¡Qué reveladora es la historia de un matrimonio misionero que había estado trabajando en Africa durante años, en los tiempos en que Teddy Roosevelt era Presidente de los Estados Unidos. Regresaban de Africa a Nueva York a retirarse, sin tener ningún plan de pensiones porque no pertenecían a ninguna Junta Misionera. Su salud estaba deteriorada, se sentían derrotados, desanimados y asustados. Cuando fueron al puerto a embarcar, descubrieron ante su asombro que tenían reserva en el mismo barco que Teddy Roosevelt, que regresaba de una de sus grandes expediciones de caza mayor. Embarcaron y nadie les prestó la más mínima atención. Se quedaron contemplando todo el tremendo bombo que acompañaba la llegada del Presidente, cómo tocaba la banda al subir el presidente a bordo, y todo el mundo estaba emocionado pensando en viajar en el mismo barco que el Presidente de los Estados Unidos. Había pasajeros que se situaban en los lugares más estratégicos del barco para poder ver si conseguían echarle ojo a aquel gran hombre.

 

Al ir el barco deslizándose por el mar, aquel matrimonio se sintió cada vez mas desanimado, especialmente el marido, que le dijo a su esposa: "Querida, algo no está bien. ¿Por qué hemos entregado nosotros toda nuestra vida a servir fielmente a Dios en Africa y a nadie le importamos lo mas mínimo, pero aquí tenemos a un hombre que ha participado en una gran expedición de caza y cuando regresa todo el mundo se desvive por él, pero en cambio nosotros no le importamos un comino a nadie? La esposa le contestó: "cariño, no deberías sentirte de ese modo. Intenta no amargarte por ello a lo que él le contestó: "No lo puedo evitar, es que no lo puedo evitar, no me parece justo. Después de todo, si Dios es quien gobierna este mundo, ¿por qué permite semejante injusticia?

 

Al acercarse el barco a la costa de los Estados Unidos, su espíritu se fue deprimiendo mas y mas y le dijo a su esposa: "Me apuesto a que cuando lleguemos a Nueva York habrá otra banda y mas revuelo por su llegada, pero no habrá nadie esperándonos. Y acertó, cuando llegó el barco y atracó en el puerto, se encontraron con que había una banda esperando para recibir al Presidente. El alcalde de la Ciudad de Nueva York estaba allí con otros dirigentes de la nación, y los periódicos no hacían otra cosa que hablar de la llegada del Presidente, pero nadie le dijo una sola palabra a aquel matrimonio misionero. Descendieron del barco y encontraron un piso barato en la parte este de la ciudad, esperando ver qué hacer al día siguiente para ganarse la vida allí.

 

Pero aquella noche el hombre se derrumbó psíquicamente y le comentó a su esposa: "No puedo soportarlo, no es justo, Dios no está siendo justo. ¿Por qué hemos tenido que entregar toda nuestra vida y no hemos encontrado a nadie esperándonos, nadie que nos ayude ni a quien le importemos? Ni siquiera sabemos a dónde ir. Si Dios es un Dios fiel, ¿por qué no suple nuestra necesidad y nos envía a alguien? a lo que su mujer le respondió: "Querido, no debes sentirte de este modo, no debes hacerlo, no es justo. ¿Por qué no vas al dormitorio y se lo cuentas todo al Señor?

 

De modo que lo hizo y una media hora después regresó, pero su rostro era diferente, su esposa se dio cuenta de ello y le preguntó: "Querido ¿qué ha pasado? Veo que todo ha cambiado y te sientes mejor ¿no es cierto? "Sí le contestó, "he ido y me he arrodillado junto a la cama y se lo he confesado todo a él. Le he dicho: Señor, no es justo. Hemos entregado nuestras vidas, hemos dado nuestra sangre, nuestro sudor y nuestras lágrimas en Africa, nuestra salud esta resentida y no tenemos dónde ir., ¡Se lo dije todo, lo resentido que estaba porque el Presidente recibiese esa apoteósica bienvenida sin motivo alguno! Me sentía especialmente amargado por el recibimiento que nos encontramos, sin nadie que nos esperase al regresar a casa le dijo, "cuando acabé sentí como si el Señor me hubiese puesto la mano en el hombro y me hubiese dicho sencillamente ¡pero es que aun no has llegado a tu hogar!

 

¡Esa es una gran verdad! ¿No es cierto?

 

Hay recompensas para los creyentes, pero no necesariamente aquí abajo. Las recompensas aquí abajo tienen que ver con el fortalecimiento de la vida interior, no de la exterior. Debemos siempre considerarnos como siervos que nada merecemos, habiendo hecho solamente lo que era nuestra obligación hacer. No tenemos nada que exigirle a Dios por nuestro fiel servicio, porque no es mas que lo que debíamos hacer. No tenemos derecho a acudir a él en oración y exigirle que responda por haber hecho esto o lo otro.

 

Jesús dice que cuando un hombre acude y le presenta una lista de sus logros a Dios no está realmente orando. ¿Es de sorprender, por lo tanto, que hayamos estado desfalleciendo? ¿Es posible que, después de habernos tirado años enteros orando, tengamos que darnos cuenta de que no hemos estado orando ni mucho menos?

 

Echemos un vistazo ahora al publicano, para ver lo que es la oración. Jesús dijo que el recaudador de contribuciones se mantuvo alejado, sin atreverse ni siquiera a elevar los ojos al cielo, no adoptando la postura exigida para la oración y todo lo que hacía estaba mal. ¡Qué insignificantes son las cosas externas que rodean a la oración!

 

Hace muchos años Sam Walter Foss escribió un poema, expresando la insignificancia de la postura de la oración. La llamó La Oración de Brown:

 

"La manera correcta de orar del hombre

 

Dijo el Diácono Lemuel Keyes

 

"y la actitud correcta es de rodillas.

 

"No, yo diría que la manera como se debe orar

 

dijo el Reverendo Dr. Wise,

 

"es de pie, con los brazos extendidos con los ojos fijos por la emoción,

 

mirando hacia arriba.

 

"Oh, no, no, no. dice el Anciano Slow, "

 

el hombre debe orar con los ojos muy cerrados

 

y la cabeza inclinada en contrición.

 

"Pues me da la impresión a mi de que

 

debe hacerlo con las manos juntas.

 

los pulgares apuntando al suelo

 

dijo el Reverendo Dr. Blunt.

 

"El año pasado me caí en el pozo de Hidgekin de cabeza

 

dijo Cyrus Brown, "con los talones hacia arriba y la cabeza hacia abajo.

 

Y justo allí mismo hice una oración, la mejor oración que jamás pronuncié.

 

La oración mas apropiada que jamás hice, allí mismo, la hice cabeza abajo.

 

¡De qué modo tan gráfico captan estas palabras el pensamiento de nuestro Señor respecto al verdadero carácter de la oración. Este hombre llegó al templo y se quedó en pie, con los ojos inclinados a tierra, sin asumir la postura de la oración, no estando ni siquiera en el lugar indicado. Lo único que se sentía capaz de hacer era golpearse el pecho y decir: ": "Dios, sé propicio a mí, que soy pecador. Alguien lo ha llamado el "telegrama santo. Me gusta eso: es expresivo, corto y va al grano, pero es una auténtica oración.

 

¿Qué es lo que nos enseña este hombre acerca de la oración? ¿No es evidente que la verdadera oración, la auténtica, es tomar consciencia de que tenemos una necesidad frente a la que nos hallamos impotentes? Este hombre se vio a sí mismo en el nivel mas bajo posible, el de un pecador. De hecho, el lenguaje original es aún más fuerte porque dice: ""Dios, sé propicio a mí, que soy pecador. Un pecador, de la clase mas baja, de la peor, estaba convencido de que sin Dios no había nada que pudiese hacer que le ayudase en su situación. Soy un pecador, Señor, eso es todo cuanto puedo decir, no hay nada mas que pueda añadir.

 

¿No es sorprendente que no intente añadir nada que le conceda mérito? No dice: Dios se propicio a mi porque soy un pecador arrepentido. Estaba arrepentido, pero no usa eso como argumento para obtener la bendición de Dios y no dice: "Dios, se propio a mi, que soy un pecador reformado y de ahora en adelante voy a ser diferente aunque estoy seguro de que sería, efectivamente, diferente. Estoy convencido de que dejó de extorsionar y engañar, de dar falsos informes, pero no dice "soy un pecador reformado, no se vale de semejante treta, ni siquiera dice: "Dios se propicio a mi, que soy un pecador honesto. Aquí me tienes, Señor, dispuesto a contártelo todo. Seguro que no puedes hacer caso omiso de semejante sinceridad. De hecho, no dice ni siquiera: "Dios, se propicio a mi, que soy un pecador que ora. Le presenta todas sus cuitas y dice: "Señor, no tengo nadie mas en quien apoyarme, mas que en ti.

 

Este hombre reconoce que hay cosas que puede hacer, que había actividades que podía realizar, pues se había pasado toda la vida haciéndolas, pero también se había dado cuenta de que el seguir haciéndolas no era otra cosa que el perpetuar el pecado, que para hacer algo bien, incluso las actividades normales de su vida, necesitaba a Dios, ¡sencillamente tenía que tener a Dios!

 

¿Cómo llegó a esa conclusión? Exactamente lo contrario de lo que le había pasado al fariseo. No había mirado hacia abajo, a alguien mas bajo que él, sino que miró a Dios. Juzgo en dirección ascendente, hacia Dios, no viendo a nadie mas que a él, no oyendo nada aparte de la elevada forma de vida de Dios. "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. (Mateo 22:37; Lucas 10:37). "Señor, yo soy pecador, nunca podré ser mejor por mi mismo, soy sencillamente un pecador, que necesita a Dios y al adoptar esa actitud todo cuanto Dios tenía estaba a su alcance.

 

Hace poco algunos de nosotros escuchamos a una muchacha, que había sido con anterioridad dirigente de una banda, relatar de una manera ingenua y sencilla, la historia de su vida. ¡De qué modo tan dramático ilustró esta verdad! No existe respuesta a los terribles problemas creados por la delincuencia juvenil, la inmoralidad, la adición a las drogas, la homosexualidad y todas estas poderosas fuerzas que enganchan y se apoderan de las vidas humanas, excepto el ponerse totalmente en manos de Dios y decir: "soy un pecador. El problema consiste, sin embargo, en que pensamos que el tomar semejante decisión es solo para casos de emergencia. Creemos que esto es algo que está a nuestro alcance cuando nos ponemos en contra de todo ello y cuando no tenemos a nada mas a que recurrir. Parece llevarnos muchísimo tiempo aprender que este es el fundamento normal de la vida que Dios tiene para nosotros. Es preciso que seamos siempre conscientes de que no poseemos habilidad alguna por nosotros mismos y que nunca se pretendió que nos sintiésemos capaces de afrontar cualquier situación, aparte de Jesus el Mesías. Por lo tanto, la oración es una expresión del hecho de que nos hemos dado cuenta de que tenemos una necesidad, frente a la cual nos sentimos impotentes, y solamente Dios puede suplirla.

 

En la figura de este publicano aprendemos una segunda cosa acerca de la verdadera oración. Esta es siempre un reconocimiento de la divina suficiencia. Este hombre dijo: "Señor, sé propicio a mi y esa es la verdadera oración, ya sea una oración a nuestro favor, en nuestra necesidad o una oración por otra persona, que en la visión, nos está apoyando. Nuestra ayuda debe proceder de Dios y este hombre no buscó su ayuda en ninguna otra parte. No dijo: "Señor, tal vez ese fariseo que está ahí puede ayudarme. No, lo que dijo fue: "Dios, ten misericordia de mi. En las palabras ten misericordia se oculta la maravillosa historia de la venida de Jesus el Mesías, la sangrienta cruz y la resurrección. Este hombre usó una palabra teológica que significa "se propicio a mi es decir, "Señor, habiendo quedado satisfecha tu justicia, muéstrame ahora tu amor. Y estaba convencido de que la misericordia de Dios estaba a su disposición, porque Jesús dijo que "descendió a casa justificado. Fue transformado, diferente y sanado. Se apropió lo que había dicho Dios y creyó en él y también en eso consiste la oración.

 

La oración es algo más que pedir, es tomar. La oración es más que suplicar, es creer. La oración es mas que las palabras pronunciadas, es la actitud que mantenemos.

 

¿Cuántas veces al día tiene usted una necesidad? ¿Cuántas veces al día carece de algo? ¡Pues ese es el número de veces que debe de orar! Siempre que haya conciencia de que existe una necesidad, es una oportunidad para permitir que el corazón, la voz, sea cual fuere la forma que adopte la oración, se eleve de inmediato a Dios y diga usted: "Dios, ten misericordia, Señor, cubre mi necesidad. En estos momentos tu eres mi esperanza, mi ayuda, mi todo. Poco importa que lo único que tenga que hacer sea atarse los zapatos o fregar los cacharros o escribir una carta o preparar unos deberes, o hacer una llamada telefónica, sea cual sea la necesidad, es el momento oportuno para orar.

 

La cuestión con la que quiero concluir el tema es ésta, y la hago de corazón: ¿ha orado alguna vez de verdad?

 

Si lo que dice Jesús es cierto, que el orar es lo contrario de desfallecer, ¿por qué me encuentro con que mi vida es una de frecuente desfallecimiento?...¿por qué me desanimo? ...¿por qué me siento desanimado y derrotado? La respuesta evidente es que no he estado realmente orando, porque estas dos situaciones resultan incompatibles, no pueden existir al mismo tiempo, tiene que suceder una de las dos cosas.

 

¿Ha orado usted alguna vez? ¿Lo ha hecho de verdad?

 

¿Se ha dedicado usted alguna vez a una vida de oración, en la que a cada momento está usted contando con que Dios va a suplir su necesidad?

 

¿Está usted dispuesto a comenzar esa clase de vida esta mañana misma?

 

Jesús nos deja precisamente en este punto. Tal vez podamos decir por primera vez: "Señor, ten misericordia de mi, que soy pecador. Incluso después de años de haber vivido la vida cristiana podemos comenzar de nuevo y podemos decir: "Señor, al irme esta mañana de este lugar, permíteme que reconozca tu fidelidad para conmigo, hazme contar con tu deseo de permanecer en mi y obra a través de mi para hacer que mi vida sea lo que debe de ser.

 

Oración

 

Santo Padre, haz que esta mañana nos tomemos estas palabras muy en serio porque no han sido pronunciadas sencillamente para entretenernos, ni siquiera para enseñarnos, sino para cambiarnos, para liberarnos, para que vivamos, para transformar nuestra debilidad, vacío e inutilidad en verdad, vida, gozo, amor y poder. Te pedimos ahora que cada uno de nosotros pueda, en este momento de tranquilidad, comenzar a llevar una vida de oración. No disponemos de ninguna otra ayuda, pero tú eres más que suficiente y en esto confiamos. En el nombre de Jesús, amen.

 

por Ray C. Stedman

 

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