Profeta en
sentido bíblico no es en primer lugar aquel que prevé el futuro. Es aquel que
analiza el presente, identifica tendencias, generalmente desviadas, hace
advertencias y hasta amenazas. Anuncia el juicio de Dios sobre el curso
presente de la historia y hace promesas de liberación de las calamidades, los
actuales, maestros o predicadores para esto, se basan en la revelación de las escrituras para predecir,
exhortar o anunciar.
A partir de
las tendencias captadas, hace previsiones para el futuro. En el fondo afirma:
si continúa este tipo de comportamiento de los dirigentes y del pueblo
sucederán fatales desgracias. Éstas son consecuencia de las violaciones de
leyes sagradas. Y ahí proyectan escenarios dramáticos que tienen una función
pedagógica: hacer entrar a todos en razón y en la observancia de lo que es
justo y recto delante de Dios y de la naturaleza.
Leyendo a
algunos profetas del Antiguo Testamento y también advertencias de Jesús(*)
sobre la situación de los tiempos futuros, casi espontáneamente nos acordamos
de nuestros dirigentes y de su comportamiento irresponsable ante los dramas que
se están preparando para la Tierra, para la biosfera y para el eventual destino
de nuestra civilización.
Hace días en
algunas partes del mundo se ha roto la barrera considerada como la línea roja
que debería ser respetada a toda costa: no permitir que la presencia de dióxido
de carbono en la atmósfera llegase a 400 partes por millón. Y lamentablemente
ha llegado. Alcanzado este nivel, difícilmente el clima calentado volverá
atrás. Se estabilizará y podrá seguir subiendo. La Tierra quedará calentada
unos dos grados centígrados, o más. Muchos organismos vivos no conseguirán
adaptarse, pues no tienen cómo minimizar los efectos negativos, y acabarán
desapareciendo. La desertificación se acelerará; se perderán cosechas, miles de
personas tendrán que abandonar sus lugares a causa del calor insoportable y la
imposibilidad de garantizar su alimentación.
En un
contexto así leo al profeta Isaías. Vivió en el siglo VIII a. C., uno de los
periodos más conturbados de la historia. Israel se encontraba exprimida entre
dos potencias, Egipto y Asiria, que se disputaban la hegemonía. Tan pronto era
invadido por una de estas potencias como por la otra, dejando un rastro de
devastación y de muerte.
En este
contexto dramático Isaías escribe un capítulo entero, el 24, en una línea de
devastación ecológica. Las descripciones se asemejan a lo que puede sucedernos
a nosotros si las naciones del mundo no se organizan para parar el
calentamiento global, especialmente el abrupto, ya avisado por notables
científicos, que podría ocurrir antes de finales del presente siglo. Si
efectivamente ocurriera, la especie humana correría un gran riesgo de ser
diezmada y de que se destruyera gran parte de la biosfera.
Debemos
tomar en serio a los profetas. Ellos descifran tendencias en una perspectiva
que va más allá del espacio y del tiempo. Por eso también nuestra generación
podría estar incluida en sus amenazas. Transcribo partes del capítulo 24 como
advertencia y material de meditación.
◦“Lo mismo
sucederá al acreedor y al deudor. La Tierra será totalmente devastada. Ha sido
profanada por sus habitantes porque trasgredieron las leyes, pasaron por encima
de los preceptos, rompieron la alianza eterna. Por esta razón, la maldición ha
devorado la Tierra, la culpa es de los que en ella habitan… La Tierra se rompe,
se resquebraja, es sacudida fuertemente. La Tierra se tambalea como un
borracho, se agita como una cabaña… La luna se sonrojará y el sol tendrá
vergüenza”.
Jesús, nos advierte: “Se levantará nación contra
nación y reino contra reino. Habrá hambre y peste y terremotos en diversos
lugares” (Mateo 24,7). “En la Tierra los pueblos serán presa de la angustia
ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Las gentes desfallecerán de
miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se
conmoverán” (Lucas 22,25-27).
¿No ocurren
escenas semejantes en los tsunamis del sudeste de Asia, en Fukushima en Japón, en
los grandes tornados y ciclones como el Katrina y el Sandy en Estados Unidos y
en otros lugares del planeta? ¿Las personas no se llenan de pavor al presenciar
tal devastación y ver el suelo cubierto de cadáveres? Estas catástrofes no
suceden por casualidad, suceden porque hemos reiteradas veces roto la alianza sagrada con el Dios creador de la
Tierra y sus ciclos. Son señales y analogías que nos llaman a la
responsabilidad.
Curiosamente,
a pesar de todos estos escenarios de destrucción, la palabra profética termina
siempre con esperanza. Dice el profeta Isaías: “Dios quitará el velo de
tristeza que cubre a todas las naciones. Enjugará las lágrimas de todos los
rostros… Aquel día se dirá: este es nuestro Dios, en quien hemos esperado y Él
nos salvará” (25,7.9). Y Jesús remata prometiendo: “cuando empiecen a suceder
estas cosas, animaos y levantad la cabeza porque se acerca la liberación”
(Lucas 21,28).
Tomado de
Paulo Aurelio
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